A.·. L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·.
AA.·. LL.·. y AA.·. MM.·.

GRAN LOGIA EQUINOCCIAL DEL ECUADOR

R.·.L.·.S.·. NUEVA AMERICA No. 22

 
INFORMACION GENERAL
GRADOS SIMBOLICOS
INFORMACION LOGIAL

 

 

A.·. L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·.
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B.·. R.·. L.·. S.·. Nueva América N° 22

 

¿Por qué la masonería es “ritualística”?

Como punto de partida es necesario señalar que la masonería, en los países de habla hispana, no puede ser “ritualística”, esto por la única razón de que los vocablos “ritualísitico” o “ritualística” no existen, por lo menos, en la lengua española; algo que no ocurre para el caso del idioma portugués donde sí se usa el término ritualístico para referirse en diferentes contextos al ambiente ritual, al  uso ritual o ritualista y/o al aspecto ritual que se mantiene en diferentes eventos que trascienden a lo espiritual.
En este proceso de búsqueda no ha sido posible ubicar referencia a lo “ritualístico” ni en trazados de contenido masónico, ni en el Diccionario Enciclopédico de la Masonería de Frau Abrines.
Por otra parte, en el Diccionario de la Lengua Española de la R.A.E. encontramos definidos los términos: rito, ritual, ritualidad, ritualismo y ritualista. Nada hubo con respecto a “ritualistica”. Por tanto es necesario señalar los descriptores correctos que nos permitan encontrar el concepto adecuado y que por antonomasia haga referencia a lo que buscamos en la pregunta del título inicial (¿por qué la masonería es ritualística).


Con la certeza de que lo que se busca dentro del término “ritualística” es una característica que siendo inherente a la masonería, también es de carácter general a ésta, es decir, que se aplica de manera irrestricta a toda la fraternidad, o en su defecto, simplemente, dejaría de serlo. Además esta característica debe ser consustancial a los actos sagrados (ritos y rituales) llevados a cabo dentro de la orden, sin limitaciones de carácter espacial, así como tampoco especificidades temporales. Finalmente es el conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de todos y cada uno de los HH.·. durante el desarrollo de sus trabajos en logia.

Tomando como referencia el Diccionario de la R.A.E., los conceptos de ritualidad y ritualismo posibilitan tener una mejor acepción de aquello que queremos definir como  “rittualísitico”, al describir como observancia de las formalidades prescritas para hacer algo en el primer caso, y apego a los ritos en general para el segundo.
Si bien, en diferentes trazados masónicos, el uso de estos términos, ritualidad y ritualismo, se lo hace con poca frecuencia pero sin distinción alguna, mas, para los fines prácticos de esta plancha, no se utilizará estos términos como sinónimos, pues, como veremos más adelante, se hace necesaria una distinción funcional entre el modo correcto de ejecutar el ritual, lo que llamaremos ritualidad, y que por lo mismo  permite trascender en el conocimiento de los misterios a los iniciados celebrantes. Mientras que por otro lado, el modo de utilización rutinaria y mecánica de un ritual, lo que llamaremos ritualismo, finalmente terminará desacralizando su objetivo original.
Por tanto se replantea el cuestionamiento que sirve de título y guía en el presente trabajo, de modo que ahora nos debemos preguntar:

¿Por qué la masonería debe conservar la ritualidad?

El origen de los antiguos misterios

El hombre evolucionado o civilizado tiene una relación con la naturaleza completamente distinta a la que tienen el hombre natural o primitivo. El evolucionado, el occidental especialmente, se relaciona a través de conceptos como vertebrados, moluscos, anfibios, etc. por el contrario, el primitivo se relaciona con este individuo animal que encuentra, al que teme o desea apresar, con la carne concreta que come, con el pez que ha conseguido sacar del agua.
La diferencia, pues, está en su relación con la naturaleza, a la que no llama naturaleza; con lo que es el mundo, al que tampoco llama mundo. Se relaciona con lo inmediato de una manera inmediata y no se relaciona con las mediaciones mentales que el llamado hombre civilizado ha ido creando a través de los siglos.
Y es que para el primitivo la noción de mundo no existe. Lo que le rodea no es un objeto exterior, sino que lo contempla como coexistiendo con él mismo, dado que lo esencial para una concepción del mundo no es el ver lo importante, sino la participación, la comunión con él.
De ahí que el primitivo viva en el aquí y en el ahora de una manera especial, y su historia es el recuerdo de unos acontecimientos especiales que dirigen y determinan el presente. Ése es su pensar mítico, que al hombre civilizado le ha costado mucho redescubrir.
Si es la relación con el mundo un factor fundamental de la diferencia entre el primitivo y el evolucionado, se hace necesario precisar en qué consiste esa diferencia.
El primitivo en comunión con el entorno, por no haber descubierto el cultivo de la “razón”, se ha mantenido en contacto irracional o pre-científico consigo mismo y con lo demás, lo que le permite la comunión. Pero esta comunión no es sólo con el mundo, sino comunión cósmica, que le hace desarrollar una facultad humana consistente en vivirse a sí mismo sin desvivirse.
El primitivo no necesita, por tanto, efectuar una ruptura de nivel para ponerse en contacto con lo sagrado, porque lo sagrado envuelve toda la realidad. La religión primitiva es pura sacralización espontáneamente vivida.
Con otras palabras; en el primitivo no se da el dios de los filósofos o causa primera, y el dios vivo descubierto por excepcional experiencia. Esto hace que el primitivo tenga una noción peculiar de la divinidad y unas mediaciones peculiares, como son el mito y el rito.

El mito
El mito no es una tradición oral; tanto estructural como funcionalmente va más allá de eso. Y menos aún, el mito no puede ser catalogado como un género literario. No en pocas ocasiones suele confundírselo con una saga, un cuento, una fábula o una leyenda, logrando con esto que se pierda su connotación cultual, negando el carácter social, e incluso desvaneciendo toda la realidad de su contenido.
El mito como noción sagrada ha tenido una historia muy larga, que va desde el reino mítico del primitivismo, hasta llegar a las degradaciones del mal uso de la palabra para otros fines.
En primer lugar, el mito es un hecho universal y también una forma espontánea del pensamiento. En su origen es un fenómeno intuitivo y creador, que puede existir incluso independientemente de la religión.
Para B. Malinowski “el mito en una sociedad primitiva, esto es, en su forma viva y originaria, no es una historia simplemente contada, sino una realidad vivida; no es un hallazgo como los que hoy podemos tener en las novelas, sino que es una viva realidad que es creída y sucedida en un tiempo originario e influye en el mundo y en el destino de los hombres de una manera continua. Estas historias no son mantenidas en vida por inútiles curiosos, sino que para los indígenas son la manifestación de una realidad originaria grande e importante, por la que están determinados la vida presente, el destino y obra de la humanidad”.
El mito, que es lo dicho, lo contado, relata lo que sucedió en un entonces, el tiempo que no se volverá a repetir, pero que ha dado lugar, como modelo, a todo lo ulterior. Lo que sucedió en tiempo de los abuelos es tiempo histórico, pero el tiempo mítico está fuera de todo tiempo, y lo ocurrido entonces es el arquetipo decisivo que influye en el hoy. La vida presente está reglada por los acontecimientos míticos.
La función del mito es ofrecer un modelo de una manera eficaz, no sólo para acciones parecidas a aquéllas, sino para todas las posibles. Da sentido a todas las cosas. Es el apoyo de la vida humana en cuanto tal. Por su intermedio el hombre capta y toma posesión de lo real, con lo que percibe la manifestación de lo misterioso y fascinador.

Por otro lado, existe una gran diferencia entre el mito vivo, en su estadio creativo o de expresión, y el estadio de repetición sin sentido o de utilización. En consecuencia, la relación entre el mito y el rito es de fundamental importancia.
El primitivo es un hombre que no busca exclusivamente los fines prácticos y utilitarios como el hombre civilizado o moderno. Él vive inmerso en un mundo de misterio y aventura creadora. Esto lo expresa en un momento determinado, no para explicar lo que le sucede, sino para sumergirse más en la comunión con la realidad.
Esta expresión es la recreadora del mito. Pero transcurre el tiempo, y aquella experiencia originaria se traslada por repetición y pasa al grado de utilización, en la cual la viveza primigenia se ha perdido.
Éste es el drama de toda religión y, en general, de toda pedagogía transmisiva, incluyendo la educación y docencia masónica. En el hombre moderno sucede que la experiencia religiosa se convierte en un aprenderse un catecismo. En analogía para el caso de la fraternidad, en no pocos casos, el trabajo masónico se limita a una aplicación laxa del ritual.
También hay que subrayar que la experiencia originaria de comunión con lo real (religión) es una experiencia no estrictamente intelectual, sino transintelectual, intuitiva y de una carga irracional  y afectiva decisivas. Y el producto de esa peculiar experiencia no se pude explicar ni transmitir con categorías ajenas a la vivencia religiosa que se renueva a través del rito.

El rito
El rito es acción.
Ya el hecho de pronunciar solemnemente la palabra es un comienzo de rito. Pero si a esto se le añade la dramatización, se tiene el rito completo. El rito apoya al mito, y el mito esclarece misteriosamente al rito.
La celebración del rito, el culto, es una representación dramática de hechos primordiales, definitivos, arquetípicos, que regulan y fundan la existencia cotidiana. El gran tema del rito es esa presencialización de lo originario, y el artificio es el apasionante tema del juego.
El juego brota de una acción libre; no es sino fruto de una decisión libre y no profesional. Se juega simplemente porque se quiere jugar. La racionalidad permanece excluida. Produce placer: el puro placer de jugar.
Requiere un campo de juego, unas reglas de juego en las que están de acuerdo los jugadores, y por ello éstos forman una comunidad de iniciados.
Del juego se llega a la esencia de la celebración, que es el momento culminante en que el hombre hace lo que quiere. Y el hacer lo que quiere consiste en ser él mismo, es decir, lograr un íntimo deseo de realización.
En resumen: el rito, que culmina en fiesta, que es la sensibilización dramática de las acciones divinas del tiempo originario, que transforman al que participa en el rito no sólo en adorador del dios, sino en coactor con él. El mito y el rito ponen orden en el caos cósmico y convierten la vida en una celebración.
Desde un punto de vista pedagógico, la vivencia práctica del mito a través del rito se convierte en método. Únicamente la capacidad del iniciado para trascender lo exterior, lo físico y lo sensual de la dramatización ritual le permitirá alcanzar la luz del conocimiento.

La ritualidad y el ritualismo

Se señalaba con anterioridad que el rito, en cuanto acción, recrea el “tiempo” originario y, por sustanciación en el pensamiento mítico, de una manera mística, el rito finalmente aplica el modelo que da sentido a todas la realidad física y espiritual de lo anterior, así como al presente y al devenir.
Esta expresión  recreadora de aquella experiencia originaria se traslada históricamente en la celebración del rito por repetición. Es en este proceso de expresión - utilización  donde existe el peligro de perder el sentido originario tanto de la realidad trascendental como de la significación de los símbolos utilizados en el juego del ritual.
La declaración de principios de la G.·.L.·.E.·.D.·.E.·. reconoce que “la Francmasonería es una institución universal, ética, filosófica e iniciática, cuya estructura fundamental está constituida por un sistema educativo tradicional y simbólico.
Al ser la masonería un sistema peculiar de moralidad velado por alegoría e ilustrado por símbolos, sólo es posible aprehender los misterios de la orden luego de cumplir con la interpretación correcta de estos símbolos interpretados como hierofanías. 
Hierofanía es una manifestación de lo sagrado registrada en cualquier objeto o acción del mundo inmediato. Viene a ser como un tercer mundo, que no es ni el inmediato empírico, ni el completamente otro, sobre-espacial y sobre-temporal.
El proceso por el cual lo inmediato se convierte en referencia y registro de lo totalmente otro es lo que se llama sacralización. El conocimiento místico es este proceso de conversión en referencia a lo transtemporal y transespacial a través de lo temporal y espacial. Proceso doble, pues es unas veces sacralizador y otras desacralizador.
Para la existencia de las hierofanías es preciso que en el hombre haya una capacidad simbólica que consiste en percibir la referencia a través de una empiria inmediata. Así, que la piedra haga presente la perennidad, que el agua haga presente el proceso de la vida y de la muerte, que el viento presencialice la acción del espíritu, etc.
La masonería no puede hablar más que en lenguaje simbólico, cuya misión pedagógica es ésta: hacer presente por lo visible lo invisible. Y el origen esencial, no histórico, de los misterios de la masonería no es más que la realización de este descubrimiento de presencia de lo invisible en lo visible, desde lo más elemental a lo más complejo.
Igualmente ya se hizo referencia a que en el ámbito de lo sagrado siempre existen tres aspectos que lo configura: el mito, el rito y el ethos.
La ritualidad es esa ética y ese comportamiento, con los que se asume la participación individual y colectiva en la celebración del rito. Es la condición única y necesaria para adoptar el medio que posibilite la transmisión del conocimiento esotérico de lo sagrado dentro de la logia.
Traspasar el límite del ethos en la praxis del ritual no necesariamente significa la desacralización de la celebración del rito, mas sin embargo, en una propuesta profesionalizada desde un púlpito termina convirtiendo el ritual en una simple liturgia sin contenido simbólico, carente de hierofanías, sin comunión entre el hombre y su realidad.
El ritualismo es esta antítesis al mito vivo, como propuesta de creación y recreación. Puede bien cumplirse con la palabra y la representación del juego ritual, pero es ese modo de repetición sin sentido y de utilización de los símbolos sin la íntima comunión de los iniciados lo que termina por convertir el evento en una fiesta sin carácter espiritual ni contenido simbólico.

Nota final
Para una mejor comprensión de lo planteado en la plancha, dado que se ha tomado como método el análisis una perspectiva que proviene de la antropología religiosa, es recomendable leer el documento adjunto “La celebración de Uwi”.
En este documento (fragmentos del libro homónimo de Siro Pellizzaro) se podrá ver un ejemplo práctico y relativamente actual de lo que es la ritualidad y los peligros que representan perder dicha ética de aplicación del ritual.

Plancha burilada por John Herrera, A.·. M.·.
Or.·. de Quito, a los 19 días del mes de junio de 2013 e.·. v.·.

 

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